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jueves, 23 de octubre de 2014

Andare a letto

Ante todo estaba la censura o que te pudieran encarcelar por escribir o publicar. Otros efectos eran más cómicos y se referían sobre todo a cortes de censura. Recuerdo una novela italiana en la que en sus primeros capítulos una pareja, que no estaba casada, iba a la cama, andare a letto, (sic) y naturalmente el censor lo tachó. Pero a lo largo de la novela otras parejas, casadas, también se iban a la cama, andare a letto (sic). El burro del censor, a base de tachaduras, consiguió que en esa novela nadie se acostase, ni para dormir. Supongo que el censor consideraba que soñar podía ser peligroso.
Jaime Salinas (1925-2011), cofundador de Alianza Editorial y editor de Alfaguara, en la extensa conversación con Juan Cruz, su sucesor en Alfaguara, publicada bajo el título Jaime Salinas, El oficio de editor.

lunes, 16 de enero de 2012

Libros perniciosos

En ocasiones cuando uno habla de libros y los defiende tanto parece envejecer más de un siglo. Parece como si uno se hubiera obcecado en no entender que Benjamin y su defensa del aura perdieron la batalla, en no admitir que el libro es y ha sido siempre un objeto aristocrático, y que su destino es terminar relegado a las vitrinas de los museos. La cultura ya no está en libros, oyes, sino en la música, en las pantallas del cine y los videojuegos. Y tan cierto es que la cultura no es patrimonio exclusivo de los libros, como lo es que los libros son algo más que cultura elitista.

Y si no, miren lo que ha sucedido en Arizona, donde un año tras aprobar la famosa ley espanta-ilegales, recuperan la censura libresca y destierran a los calabozos de los depósitos de libros prohibidos a Paulo Freire, al Calibán de Shakespeare y a todo lo que huela a estudios chicanos, a todo texto que se centre en la raza, las etnias o la opresión.

Los libros siguen dando miedo aunque hayan perdido fuerza. Mientras que una película la pueden llegar a ver millones de personas con facilidad, leer un libro exige mayor esfuerzo. Y pese a ello, el libro continúa despertando el recelo en algunos, que no quieren dar crédito a Cervantes y a su idea de que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno.

Si nada lo evita, tal vez en el futuro vaguen por las calles de Tucson individuos, que como en Fahrenheit 451, secretamente hayan memorizado un libro y se presenten como tal: "Hola, soy La tempestad", "Encantado. Como agua para chocolate, para servirle".

Pero con suerte tal vez en el futuro en Arizona construyan como desagravio una réplica de esa biblioteca subterránea con anaqueles diáfanos que en Berlín recuerda la quema de libros de 1933. Y quizás acompañen en la correspondiente placa los versos que escribiera en 1820 otro censurado, Heinrich Heine: "quien quema libros, termina quemando hombres". O, en este caso, "quien condena libros, indefectiblemente condena a las personas".

 AttributionNoncommercialNo Derivative Works by pinelife

Suceda lo que suceda, el futuro se presenta poco halagüeño para la cada vez más triste y sombría Arizona.

sábado, 29 de octubre de 2011

Las muchachas decentes

Teníamos a Gabriel Arias-Salgado, el que fue Ministro de Información en los años cincuenta, que decía que una novela sólo podía publicarse si un marido la podía leer a su mujer en privado y sin sonrojarse. Este mismo personaje le prohibió a José Janés, un gran editor de la postguerra, un libro porque la muchacha por la mañana se levantaba, abría la ventana y decía: «Qué buen día hace». Y se la devolvió diciendo que lo primero que tiene que hacer una muchacha al levantarse es rezar. Es obvio que con estos criterios no resultaba nada fácil ser editor.

Xavier Moret, escritor y periodista, en Un viaje de ida y vuelta. La edición española e iberoamericana (1936-1975), publicado en 2006 por Siruela, en Madrid. Fondo de Cultura Económica en Argentina lo editó un año después: por lo visto, el libro también resultó ser de ida y vuelta.

viernes, 14 de octubre de 2011

Fahrenheit 451

Espero que a usted no le gusten los cómics ni viva en uno de esos lugares en los que Barnes & Noble y la difunta Borders lograron exterminar a las pequeñas librerías.

Lo digo porque B&N ha anunciado que no venderá una centena de cómics de DC. Los van a retirar de expositores y estanterías. Como en Fahrenheit 451, los libros van a desaparecer, aunque sólo durante cuatro semanas.

El conflicto surgió tras conocerse que la esperada versión electrónica, a todo color, de las novelas gráficas de DC estaría disponible durante los próximos cuatro meses sólo en formato Kindle. Eso excluye a Nook Color, el lector de libros electrónicos de B&N.

Dudo que a DC le interese que B&N deje de vender sus novelas gráficas, y menos aún que sus cómics digitales sólo puedan ser leídos en un dispositivo. DC quiere todo lo contrario: que sus cómics se puedan encontrar en cualquier librería y leer en cualquier aparato, no sólo en el flamante Kindle Fire. Por tanto, cabe pensar que la exclusiva no la ofreció DC, sino que fue forzada por Amazon.

Al parecer, lo de retirar libros se está poniendo de moda. En enero de 2010, el grupo Macmillan quiso que el precio de descargar cualquiera de sus libros electrónicos en un iPad o en un Kindle fuera el mismo. La respuesta de Amazon, aunque infructuosa, fue inmediata: dejó de vender los libros (físicos y electrónicos) de Macmillan.

A mí, que soy víctima del franquismo sociológico, la retirada de un libro me recuerda siempre a su secuestro, es decir, a su censura. Quizá por eso me extrañe que quienes dicen tener como compromiso el poner siempre a disposición de sus clientes el libro que necesiten, lo hagan desaparecer como táctica comercial.